Marbelis era una mujer excepcional, una enfermera de corazón que dedicó su vida a aliviar el sufrimiento de los demás. Su compasión no tenía límites. Ayudaba a los desamparados, a los que no podían pagar sus medicamentos, e incluso a los delincuentes heridos. Para ella, no había persona que no mereciera su atención y cuidado.
Su vida era un torbellino de actividad. Siempre corriendo, limpiando su casa dos o tres veces al día, yendo a trabajar, llegando agotada, pero siempre con una sonrisa para todos. A pesar de su ritmo frenético, Marbelis encontraba tiempo para disfrutar de la vida. Compartía con sus amigos, disfrutaba de una copa, fumaba un cigarrillo, y salía a bailar con sus amigas.
A los 17 años, Marbelis fue operada de un quiste en el seno derecho. Todo parecía ir bien, pero desde joven, había sido diagnosticada con xenofibro. A los 46 años, un nuevo quiste apareció en el mismo seno. La operación fue más compleja, y la recuperación más lenta. Sin embargo, los dolores persistían. Una amiga, que trabajaba en el Oncológico Rasseti de Caracas, Venezuela, insistió en que Marbelis se hiciera exámenes.
Con la insistencia de su amiga, Marbelis acudió al Rasseti. Los médicos le realizaron una mamografía, una biopsia y otros exámenes. Los resultados revelaron una pequeña bolita en lo profundo del seno. La biopsia inicial fue negativa, pero los dolores continuaban. Su amiga, con su intuición, la convenció de repetir la biopsia. Esta vez, el diagnóstico fue devastador: cáncer agresivo.
Marbelis recibió dos opciones: operarse primero y luego la quimioterapia, o viceversa. Optó por la cirugía, una mastectomía y una reconstrucción con grasa y piel abdominal. Sin embargo, durante la operación, contrajo una bacteria. Su temperatura aumentó, una de las suturas se rompió, y comenzó a supurar una sustancia fétida de color marrón. La trasladaron al Oncológico Rasseti de emergencia. La bacteria le estaba comiendo parte de su piel, se había alojado en su seno. Pasó siete días en el hospital, luchando contra la infección.
Marbelis superó la infección y comenzó la quimioterapia. Fueron seis ciclos de 21 días cada uno, la «quimio roja». Perdió su cabello, pero nunca perdió su espíritu. Siempre apresurada, nunca descansaba lo suficiente, pero seguía adelante con su tratamiento. Afortunadamente, no necesitó radioterapia. Después de un año, se libró del cáncer.
Ocho años después, Marbelis comenzó a sentir dolores al ir al baño. Presintiendo lo peor, se negaba a ir al médico. Su madre, mi abuela, había perdido la memoria por la senilidad y se había fracturado una pierna. Marbelis la cuidaba en casa, dejando de lado su propia salud.
Finalmente, después de ocho meses, Marbelis acudió al médico. Se encontró con un tumor grande pegado al colon y al intestino. La doctora decidió operarla antes de iniciar cualquier tratamiento. El tumor era tan grande que tuvieron que extirpar y raspar gran parte del intestino.
Después de la operación, Marbelis fue enviada a casa. Sin embargo, su abdomen comenzó a inflamarse, y su temperatura aumentó. La llevaron de emergencia al hospital donde trabajaba. Los exámenes revelaron que su intestino se había roto. La operaron nuevamente para coserlo. Pasó quince días en la clínica, hasta que el seguro se agotó. La trasladaron a un hospital público en Caracas.
En el hospital público, Marbelis tuvo una tercera intervención. La carne no cicatrizaba bien, y le colocaron una malla en el estómago. Pasó dos meses y medio hospitalizada, sin poder comer ni beber. Los doctores le dijeron que no podían hacer más. Su intestino no cicatrizaba, y no podía recibir quimioterapia y ya la metástasis era inminente. Solo le quedaba esperar.
Marbelis decidió que quería morir en el hospital donde había trabajado toda su vida. Con la ayuda de sus compañeros, la trasladaron a la Guaira. Fue recibida con flores y alegría. Yo me fui a casa para cambiarme, y cuando regresé, alrededor de las nueve de la noche del 22 de enero de 2016, Marbelis se sintió mal. Sufrió un paro respiratorio debido a la contaminación de los líquidos del intestino. Mi mamá había fallecido a sus 55 años.
Mi abuela, la madre de Marbelis, había muerto de vejez el 2 de enero de 2016. Marbelis, mi madre, murió el 22 de enero del mismo año. Dejó un gran vacío en mi vida. Era hija única, y mi padre, que la amaba profundamente, quedó destrozado. A su funeral asistieron cientos de personas, más de mil, que la querían y la admiraban.
La historia de Marbelis nos enseña que, incluso después de superar el cáncer, es importante seguir cuidándose. El cáncer puede regresar, y la vida es un regalo que debemos cuidar con amor y atención.
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